Una vez, una niña pequeña jugaba con las cosas que su madre le había dejado.
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Una vez, una niña pequeña jugaba con las cosas que su madre le había dejado.
Una vez, una niña pequeña jugaba con las cosas que su madre le había dejado.
Entre esas pocas cosas que tenía, atesoraba un collar del que colgaba una cajita de madera. Su madre siempre le había dicho que en su interior se escondía un secreto, un secreto que solo un corazón en paz podía entender.
Pasaron los años.
El pelo de la chica estaba lleno de color; era alegre, radiante y llena de vida. No parecía ni hacerse mayor ni más joven. Su edad era simplemente la que su corazón creía que tenía.
Un día, la cajita desapareció.
No se perdió ni en el bosque ni en el camino, sino en un recuerdo que poco a poco se fue cubriendo con el polvo del tiempo.
Cada vez que lo recordaba, se le oprimía el pecho y su mundo se volvía un poco más oscuro. Una tristeza persistente se aferraba a su alma como el musgo.
Hasta que un día, agotada, se puso enferma y cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, el agua dominaba el mundo.
Ante ella se extendía un azul infinito, sin tierra ni sombras. Los peces nadaban en círculos suavemente. Los globos flotaban suspendidos bajo el agua, como si tocaran una delicada melodía con el viento de arriba. Las aves azules se posaron sobre las olas y luego volvieron a alzar el vuelo.
No había tiempo ni fin, solo profundidad.
Un elefante, un caballo y un rinoceronte la estaban esperando, no como animales, sino como tres partes de su alma.
El elefante dijo: «Yo soy tu memoria».
El caballo dijo: «Soy tu fuerza para seguir adelante».
Y el rinoceronte añadió en voz baja: «Soy la fuerza que te protege, incluso en silencio».
Los peces les iluminaban el camino. Los globos se movían como farolillos en el cielo, y los pájaros le tranquilizaban el corazón con sus breves cantos.
La llevaron hasta la vieja caja.
Después de todos esos años, por fin abrió. No hubo ningún destello de luz ni ningún milagro, solo un silencio apacible.
En su interior reinaba la paz: esa paz que llevaba tanto tiempo buscando y que, sin embargo, siempre había llevado dentro de sí misma.
La chica se dio cuenta de que la caja nunca se había perdido de verdad. Simplemente se le había olvidado cómo abrirlo.
Cuando volvió, ya no era ni una niña ni una adulta.
Era libre.
La paz no era un tesoro que se pudiera encontrar. Era ella misma, de la que volvió a acordarse.