Cada mañana, se despertaba antes de que la ciudad abriera los ojos.
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Cada mañana, se despertaba antes de que la ciudad abriera los ojos.
Cada mañana, se despertaba cuando la ciudad aún dormía.
No por el timbre del colegio, ni por los deberes —
sino para contar los gatos que se encontraba por el camino.
Contarlas no era un juego;
era un ritual de esperanza,
como una pequeña oración matutina.
Un día, junto a un muro medio derruido,
encontró tres gatitos diminutos:
delgados, asustados y en silencio.
Su madre se había ido,
y no tenían a nadie que los protegiera.
Durante todo el día, no dejó de pensar en ellos:
con esos ojos hambrientos,
con esa soledad.
Al caer la tarde, ya no pudo guardarse nada más.
Se acercó a su padre—
pero no lloró ni se quejó.
Simplemente dijo:
«Papá… ¿podemos salvarlos?»
Sin pensárselo dos veces, cogió su abrigo.
«Vamos», dijo.
Pero esa noche, los gatitos habían desaparecido sin dejar rastro,
como si el viento se los hubiera llevado.
Los buscaron durante los días siguientes,
pero no los encontraron.
Cada mañana, la niña iba andando al colegio
por las mismas calles,
con la misma esperanza.
Entonces, una mañana,
en esa delicada frontera entre el sueño y la vigilia,
tuvo un sueño…
tan vívido, tan brillante.
Estaba sentada sobre un rinoceronte,
conduciendo un elegante carruaje,
y todos los gatitos estaban allí con ella:
en el cuerno, en las ruedas y en su ropa,
como angelitos.
Los globos aerostáticos se deslizaban por el cielo.
Las pisadas del rinoceronte hacían temblar la tierra,
pero lo que sentía no era miedo;
era la alegría de estar viva.
En su sueño, la chica gritó:
«¡Te he encontrado!»
Justo en ese momento, se despertó.
Su padre estaba a su lado—
cálido, seguro, familiar.
Y por sus hombros, sus brazos,
y por toda la cama,
los gatitos estaban jugando.
Los mismos gatitos de siempre.
Alive.
Home.
Entonces lo entendió:
a veces la realidad llega después del sueño—
pero llega.
Ese día, el colegio, los deberes y las notas
ya no parecían importantes.
Solo una nueva toma de conciencia se instaló en su corazón:
A veces, el rescate empieza con un sueño
y se completa con un gesto de bondad.