En una ciudad gris y brumosa había una fábrica que el mundo exterior apenas conocía.
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En una ciudad gris y brumosa había una fábrica que el mundo exterior apenas conocía.
En una ciudad gris y brumosa había una fábrica que el mundo exterior apenas conocía. Sin embargo, las coloridas reglas que se fabricaban allí brillaban con orgullo en los escaparates de las tiendas de los ricos.
Entre los jóvenes trabajadores había una niña que llevaba un cuaderno viejo. A cada regla le puso un nombre y les habló de su pasado incierto, de sus días llenos del olor a pintura y del futuro que veía con total claridad en su mente.
La imagen de un hipopótamo que solía aparecer en el envase la llevaba, en su imaginación, hacia el agua. Los globos de colores la llevaron volando hacia el cielo.
Pasaron los años.
La niña creció, pero su sueño no se hizo más pequeño. Creció con ella.
Un día, esas reglas de colores —esos sueños cúbicos de la infancia— se convirtieron en los cimientos de un mundo nuevo: el parque de atracciones más grande jamás construido para niños sin familia.
Allí, las risas sustituyeron al olor a pintura. Los niños nadaban junto a un hipopótamo de verdad, y el cubo de la infancia de la niña se alzaba en el centro del parque.
Por fin lo entendió:
Los sueños no son herramientas. Son viajes.
Cuando el cubo se mueve, el mundo se mueve con él.