El elefante siempre había sido gris: ni guapo ni feo, simplemente normal.
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El elefante siempre había sido gris: ni guapo ni feo, simplemente normal.
El elefante siempre había sido gris.
Ni guapo ni feo, simplemente normal.
Hasta que un día empezó a llover;
pero no era agua, sino color.
A medida que las gotas tocaban su piel,
cada una se secaba como un fragmento de una pequeña vida:
recuerdos rojos, sueños azules, miedos verdes,
y esperanzas amarillas que se quedaban al final.
A la mañana siguiente, el elefante ya no era gris;
se había convertido en un mosaico.
Un músico con cara de payaso se acercó desde lejos
y se sentó sobre el lomo del elefante.
De su trompeta no salían ni melodías ni palabras —
pero con cada soplido,
los colores de la piel del elefante brillaban
y volvían a cobrar vida.
Al mismo tiempo, al otro lado del agua,
un carruaje avanzaba.
En su interior había una mujer de pie, con un globo en la mano
que parecía volverse cada vez más ligero,
mientras una suave brisa la llevaba desde la tierra hacia el cielo.
A su lado estaba sentado alguien que sabía
que el mayor viaje del mundo
es el paso del miedo a la confianza.
Ese día, el elefante y el carruaje viajaron uno al lado del otro —
no para huir del pasado,
sino para construir el futuro.
Los peces bailaban bajo el agua,
las aves se deslizaban con el viento,
y todas las criaturas vivientes lo entendían:
Cuando algo dentro de ti se hace pedazos,
eso no siempre significa el final —
a veces, te conviertes en un mosaico.
No es del todo perfecta,
ni está del todo terminada,
pero es preciosa
y auténtica.