Un puerto tranquilo, dos juguetes olvidados y la imaginación de un marinero dan vida a todo un mundo submarino.
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Un puerto tranquilo, dos juguetes olvidados y la imaginación de un marinero dan vida a todo un mundo submarino.
El mundo creado para un niño silencioso
El puerto estaba tranquilo aquella mañana. La niebla envolvía el muelle como una manta suave.
Cuando un viejo marinero bajó de su barco, vio a una madre que iba a toda prisa con su hija pequeña. Su autobús estaba a punto de salir. La madre ayudó rápidamente a la niña a subir; el tiempo no permitía detenerse ni daba pie a despedidas.
Pero la chica —y solo la chica— se dio la vuelta.
Sus ojos recorrían las tablas de madera, como si su corazón se hubiera quedado allí y lo hubiera dejado atrás.
El marinero se agachó.
Había dos juguetes tirados en el muelle: un rinoceronte pequeño con una sola pata y una guitarrita con las cuerdas rotas.
El autobús se alejó.
La niña apoyó la mano contra la ventana. No lloró ni gritó. Simplemente miró hacia atrás, con una mirada que transmitía una tristeza que no necesitaba palabras.
El marinero cogió con cuidado los dos juguetes.
Algo que hacía tiempo que había olvidado se despertó en su interior; quizá fuera su propia infancia, o quizá esa parte de su corazón que las olas se habían llevado en su día.
Aquella noche, se sentó debajo del faro. Puso el rinoceronte a su lado y la guitarrita delante de él.
Una suave brisa se deslizaba por la oscuridad. Sin decir nada, el mar susurraba la historia.
Y así surgió una idea.
El rinoceronte creció, no de madera, sino de la materia viva de la imaginación. La guitarra rota respiraba y encontraba una melodía incluso sin cuerdas.
A los ojos del marinero, la chica ya no parecía pequeña. Estaba sentada sobre el rinoceronte, fuerte y valiente.
Un payaso tocaba música a su lado. Una mujer vestida de blanco bailaba entre el agua. Los globos se elevaban desde las profundidades y los peces nadaban en círculos como notas de una canción viva.
Todo ese mundo era una prolongación de los dos juguetes perdidos.
El marinero suspiró, no con tristeza, sino con tranquilidad.
Se dio cuenta de que un niño puede perder algo, pero a cambio ganar todo un universo en la imaginación de otra persona.
Quizá, en algún lugar lejano, la niña haya crecido sin saber nunca que un marinero al que nunca conoció construyó un mundo para sus juguetes olvidados.