Hace mucho tiempo, una pequeña tribu vivía bajo el cálido sol, donde nadie pasaba hambre y la alegría fluía como el agua.
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Hace mucho tiempo, una pequeña tribu vivía bajo el cálido sol, donde nadie pasaba hambre y la alegría fluía como el agua.
Hace mucho tiempo, una pequeña tribu vivía bajo el cálido sol. Nadie se iba a dormir con hambre, y la felicidad fluía de mano en mano como el agua.
Entre ellos había una chica: callada pero atenta, amable pero fuerte. Cada vez que se avecinaba el peligro, todos la miraban a ella primero, como si su espíritu fuera el ojo que protegía a la tribu.
Y entonces, un día, la tierra tembló y el mundo se volvió azul.
La tierra, el cielo y sus casas desaparecieron bajo el agua.
La chica sabía que sobrevivir no era suficiente. Tenía que salvarlos.
Su cuerpo cambió. Su piel se endureció y se volvió fuerte como el cuerno de un rinoceronte. Su forma se convirtió en mitad animal y mitad barco: a la vez un medio de transporte y un refugio.
Llamó a su lado a tres personas valientes.
Uno de ellos, tranquilo y de gran corazón, se convirtió en la ballena.
Otro, decidido y atrevido, se convirtió en el Segundo Rinoceronte.
Un joven soñador se impregnó de los colores y el espíritu de Joy.
Juntos, construyeron un nuevo hogar bajo el agua.
Los peces se convirtieron en sus vecinos. Los globos seguían flotando en las profundidades. Las grandes ballenas pasaban deslizándose a su lado, y no faltaba nada: ni luz, ni aliento, ni vida.
La tribu renació, esta vez en pleno mar.
Dicen que, si prestas atención, todavía se oyen unos pasos lentos y constantes a lo lejos: el sonido de la chica-rinoceronte avanzando con su cuerpo con forma de barco.
No actúa por miedo, sino por fuerza y por un amor que nace del sacrificio.
Así es como empezó el mito de los habitantes imaginarios. Te cuento
La vida siguió en las profundidades porque una chica decidió ser fuerte.